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domingo, 22 de diciembre de 2013

Este y todos los inviernos

Cada invierno sucedía igual. Los niños que acudían al parque del barrio apenas caían los primeros copos de nieve y comenzaban a construir a Bombo. Así era como llamaban al muñeco de nieve que año tras año creaban. No era un muñeco de nieve normal porque en lugar de un gorro de punto este llevaba un casco de bombero que nadie sabía bien de donde había salido. 

Aquella mañana de invierno Bombo abrió los ojos por primera vez, ese año el frío llegaba muy tarde. Su sonrisa hecha de piedrecitas brillaba como nunca. A las pocas horas de despertar apareció por allí Nico al que se le habían caído sus dos primeros dientes durante el otoño, Bea tenía un nuevo hermanito y Marta había crecido tanto que ya pasaba a su mellizo casi dos dedos. 

Los conocía a todos, a estos y a los anteriores y a los anteriores de los anteriores. 

Bombo cada invierno era el testigo por apenas un par de meses de las vidas de aquellos niños. El pequeño Alex contaba con tres años y era la primera vez que acudía a ese parque. Cada mañana hacia mediodía corría al muñeco de nieve que era mucho más grande que él y se ocupaba de amontonar nieve nueva a los pies del muñeco. Luego con ayuda de su madre apelmazaba la nieve recién caída por el resto del cuerpo del muñeco. 

Una mañana dejó de nevar y Alex recogió muy poca nieve para restaurar a Bombo. Cuando se marchó el muñeco le oyó decir “Mamá tengo un plan”. Al día siguiente volvió con su madre y una gran caja azul de la cual comenzó a sacar un montón de hielo con el que rodeó al muñeco. 

Bombo hubiera querido poder rodear con sus brazos de rama a Alex. Fue una sensación increíble sentir como dejaba de derretirse y en algún sitio en su interior deseó que fuera posible no fundirse aquella primavera. 

El tiempo pasa inexorablemente pero de vez en cuando ocurre un milagro. 

Avanzaba Marzo y el muñeco todavía permanecía más o menos completo. Ese día cuando Alex apilaba los cubitos de hielo a su alrededor, el muñeco levantó la cabeza y los vio. Eran los pequeños brotes de aquel árbol que tenía a su lado. Nunca había contemplado nada tan pequeño, tan verde, tan frágil. Sintió como temblaba de emoción, aunque al mirar hacia abajo descubrió que en realidad lo que ocurría era que se estaba deshelando. 

El pequeño Alex le miraba derretirse. Ya estaban a la misma altura, las ramas de los brazos se habían caído, las piedrecitas de la boca se desdibujaban en una mueca y los ojos estaban asimétricos. Cuando apenas se elevaba un palmo del suelo, el niño cogiendo el gorro de bombero y diciendo adiós con su pequeña mano le susurró “Te lo guardo hasta el invierno que viene”







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